Luis, a sus 42 años, vivía corriendo. Comía a las prisas, dormía mal y siempre decía lo mismo: “No tengo tiempo ni para ir al baño”. Su día a día era una locura entre juntas, tráfico, pendientes y notificaciones que no paraban. Desde que abría los ojos hasta que se rendía al final del día, todo lo hacía en automático. Como muchos, creía que cuidarse era un lujo que no se podía dar.
Desayunaba lo que fuera, camino al trabajo. Comía frente a la compu y cenaba tarde, con la cabeza llena de pendientes. No hacía ejercicio, y cuando intentaba dormir, el insomnio o el celular se lo impedían. Su cuerpo ya le estaba mandando señales: dolores de cabeza, cansancio, mal humor, el estómago hecho bolas… pero Luis decía que “todo estaba bajo control”.
VER VIDEO AL FINAL
Hasta que ya no lo estuvo.
Una mañana, subiendo las escaleras del metro, se mareó. Le dolía el pecho, pero no le dio importancia. “Ha de ser el estrés”, pensó. Siguió con su día. Pero por la tarde, en plena junta, se descompensó. Lo llevaron al hospital. ¿El diagnóstico? Presión alta, prediabetes y agotamiento total.
El doctor no se anduvo con rodeos: si no cambiaba su estilo de vida, las cosas se iban a poner peor. Para Luis, fue un balde de agua fría… pero también una oportunidad para poner freno y replantearse todo.
Empezó con pasos pequeños. Ordenó sus horarios, preparó mejor su comida, se dio tiempo para caminar un rato al salir del trabajo. Apagó el celular por las noches. Buscó ayuda para manejar la ansiedad. Y poco a poco, su cuerpo y su mente empezaron a responder.
Ahí entendió que no se trata de “tener tiempo”, sino de hacer tiempo. Porque si uno no se cuida, nadie lo va a hacer por uno.
Hoy, con una vida más tranquila y equilibrada, Luis repite otra frase: “Ahora sí tengo tiempo para mí. Y no lo suelto”.
Una historia que muchos podríamos tomar como llamada de atención.

































