Cocinar arroz parece una de esas cosas tan básicas que casi nadie se cuestiona. Agua, arroz, sal… fuego y listo. Pero la verdad es que detrás de un buen arroz hay más ciencia, más técnica y más cultura de lo que muchos imaginan. El arroz mal cocido puede arruinar una comida completa, mientras que un arroz bien hecho puede levantar hasta el plato más sencillo. Y no, no es solo cuestión de suerte o de “ojo”, es cuestión de entenderlo.
El arroz ha estado en nuestras mesas desde siempre. En muchas casas es el acompañante diario, el centro del plato o incluso el protagonista absoluto. Sin embargo, pocas personas se detienen a pensar que no todos los arroces se cocinan igual, ni que pequeños detalles pueden cambiar por completo el resultado final. Aprender a cocinar arroz correctamente no es cosa de chefs profesionales; es una habilidad básica que mejora cualquier cocina casera.
📌 IMPORTANTE: El video relacionado a esta historia lo encontrarás al final del artículo.
Lo primero que hay que entender es que el arroz no es un solo alimento. Existen muchas variedades, y cada una se comporta de manera distinta al cocinarse. No es lo mismo un arroz blanco de grano largo que uno corto, ni uno integral que uno aromático como el basmati o el jazmín. Cada tipo tiene su propio tiempo, su propia cantidad de agua y su propia textura ideal. El error más común es tratar a todos los arroces como si fueran iguales.
Antes incluso de encender la estufa, hay un paso que suele generar debate: lavar o no lavar el arroz. En muchas cocinas latinoamericanas, lavar el arroz es casi una ley no escrita. Y tiene sentido. Al lavarlo, se elimina parte del almidón superficial, lo que ayuda a que los granos queden más sueltos y menos pegajosos. Además, se arrastran impurezas o polvo que puedan venir del proceso de almacenamiento. No se trata de lavarlo una vez y ya, sino de enjuagarlo varias veces hasta que el agua salga relativamente clara.
Ahora bien, hay excepciones. Algunos arroces específicos, como los usados para sushi o risotto, necesitan ese almidón para lograr su textura característica. En esos casos, lavarlos demasiado puede jugar en contra. Por eso, conocer el tipo de arroz que tienes entre manos es clave antes de decidir cómo tratarlo.
Otro punto crítico es la proporción de agua. Aquí es donde muchos fallan. La famosa regla de “el doble de agua que de arroz” funciona para algunos tipos, pero no para todos. El arroz blanco de grano largo suele quedar bien con una proporción cercana a 2:1. El arroz integral, en cambio, necesita más agua y más tiempo, porque conserva su capa externa, que es más dura. Un arroz aromático como el basmati suele requerir menos agua, ya que sus granos son largos y delgados.
Además, el método de cocción influye. No es lo mismo cocinar arroz en una olla tapada que en una arrocera eléctrica. Tampoco es igual empezar con agua fría que agregar el arroz cuando el agua ya está hirviendo. Cada método tiene su lógica y su resultado.
Uno de los métodos más usados en muchos hogares es el de sofreír ligeramente el arroz antes de agregar el agua. Se coloca un poco de aceite en la olla, se añade el arroz lavado y escurrido, y se remueve durante uno o dos minutos. Este paso ayuda a sellar el grano y a que el arroz quede más suelto. Además, aporta un sabor más profundo, especialmente si se añade ajo, cebolla o un poco de sal en ese momento.
Luego viene el agua, preferiblemente caliente, y aquí hay algo importante: una vez que el agua hierve y se ajusta la sal, el arroz debe dejarse tranquilo. Revolverlo constantemente rompe los granos y libera más almidón, lo que termina dando un arroz pastoso. Lo ideal es tapar la olla, bajar el fuego y dejar que el arroz haga su trabajo.
El tiempo es otro factor que suele subestimarse. Un arroz blanco suele estar listo en unos 15 a 18 minutos, dependiendo de la cantidad y del fuego. El arroz integral puede tardar entre 35 y 45 minutos. Apagar el fuego demasiado pronto deja el arroz crudo; pasarse de tiempo lo vuelve blando y sin gracia. Un buen truco es observar los pequeños agujeros que se forman en la superficie cuando el agua se ha absorbido casi por completo. Ese suele ser el momento justo para bajar el fuego al mínimo y terminar la cocción.
Una vez apagado el fuego, muchos cometen el error de destapar y servir inmediatamente. Dejar reposar el arroz unos cinco minutos, con la olla tapada, permite que el vapor termine de distribuirse y que los granos se asienten. Ese pequeño descanso marca la diferencia entre un arroz aceptable y uno realmente bueno.
La sal también merece su propio apartado. No se trata solo de “echar sal”, sino de hacerlo en el momento adecuado. Lo ideal es agregarla al agua justo cuando empieza a hervir, antes de tapar la olla. Así, el arroz se sazona de manera uniforme. Corregir la sal al final es mucho más complicado y suele dar resultados desiguales.
Más allá del arroz blanco clásico, existen muchas formas de cocinar arroz que vale la pena explorar. El arroz integral, por ejemplo, es más nutritivo, pero exige paciencia. No solo tarda más, sino que necesita un buen lavado previo y, en algunos casos, un remojo de varias horas para mejorar su textura y digestión. Cocinarlo bien es una excelente forma de incorporar fibra y nutrientes sin sacrificar sabor.
El arroz aromático, como el basmati o el jazmín, se beneficia de un remojo corto antes de la cocción. Esto ayuda a que los granos se alarguen y queden más sueltos. Además, su aroma natural se realza cuando se cocina correctamente, sin exceso de agua ni de condimentos invasivos.
También está el arroz que se cocina como pasta, con abundante agua que luego se escurre. Este método es muy usado en algunas cocinas y reduce el riesgo de que el arroz se pase, aunque sacrifica un poco de sabor si no se sazona bien después. Es una opción válida, sobre todo para quienes están empezando y quieren evitar errores.
Un punto que cada vez se comenta más es el impacto de la forma de cocinar el arroz en la salud. Cocerlo con exceso de agua y luego enfriarlo puede modificar la estructura de algunos de sus carbohidratos, haciéndolos más resistentes a la digestión rápida. Esto no convierte al arroz en un alimento milagroso, pero sí muestra que la forma de preparación importa más de lo que creemos.
El arroz recalentado también tiene su truco. Guardarlo correctamente en el refrigerador y recalentarlo con un poco de vapor o agua ayuda a que recupere su textura sin secarse. Evitar dejarlo a temperatura ambiente por muchas horas es clave para prevenir problemas digestivos.
Cocinar arroz no debería ser una tarea mecánica ni aburrida. Es una oportunidad para experimentar, para ajustar sabores y para entender mejor un alimento que forma parte de nuestra vida diaria. Con pequeños cambios, como medir bien el agua, respetar los tiempos y elegir el método adecuado, el resultado mejora notablemente.
Al final del día, el mejor arroz es el que se adapta a tu gusto y a tu cocina. No hay una única forma correcta, pero sí hay principios básicos que, una vez dominados, te permiten jugar con confianza. Cocinar arroz bien no es un talento reservado para unos pocos; es una habilidad que se aprende, se practica y se perfecciona con el tiempo.





























